¿No os pasa que, a veces, el mundo parece haberse puesto de acuerdo para gritarnos todo a la vez? Hay días en los que el despertador, los correos pendientes, el nudo en el estómago y las expectativas (las de los demás y, sobre todo, las nuestras) forman una tormenta perfecta que atenta a nuestra calma. En esos momentos, lo más fácil es dejarse arrastrar, entrar en ese modo de «supervivencia» donde solo corremos para no llegar tarde a ninguna parte.

He sentido esa prisa que nos quema por dentro y me he dado cuenta de que, a menudo, buscamos la solución fuera: un retiro milagroso, que el teléfono deje de sonar o que, por arte de magia, la vida se ordene sola como una estantería de libros por colores. Pero, ¿y si os dijera que el refugio no está en que el viento deje de soplar, sino en nuestra capacidad para no salir volando con él?
La calma no es ausencia de ruido, es presencia de nosotras
Durante mucho tiempo, nos han vendido que estar calmada es estar pasiva, casi como si fuéramos estatuas de sal que no sienten ni padecen. Pero en Librélula hemos aprendido que la calma es, en realidad, un acto de rebeldía. Es esa firmeza suave de quien sabe que, aunque el cielo esté revuelto, ella sigue siendo la dueña de su respiración.
No «luchamos» contra la ansiedad, porque luchar solo genera más cansancio. Lo que hacemos aquí es aprender a bailar con el viento. ¿No os parece que tiene mucha más fuerza permitirnos sentir el aire sin que nos derribe? Cuando aceptamos que el caos forma parte del paisaje, de repente, dejamos de ser víctimas de las circunstancias para convertirnos en las protagonistas de nuestro propio equilibrio.
Tu calma es tu superpoder (literalmente)
A veces nos preguntáis por qué insistimos tanto en esta idea. Y la respuesta es simple: porque cuando estamos en calma, somos peligrosamente poderosas. La calma nos permite ver la grieta por la que entra la luz, nos permite responder en lugar de reaccionar y, sobre todo, nos permite ser amables con nosotras mismas cuando las cosas no salen como esperábamos.
Llevar este mensaje en el pecho, como en nuestra nueva camiseta de algodón negro, es mucho más que una elección estética. Es un amuleto textil. Es un recordatorio para esos días de «nudo en la cabeza» que nos dice: «Eh, para un segundo. Respira. Tu fuerza no está en cuánto corres, sino en cuánta paz eres capaz de conservar mientras el mundo gira a mil por hora».
¿Y si hoy nos damos permiso para no llegar a todo?
Nosotras también hemos pasado por esa fase de querer ser «supermujeres» que lo tienen todo bajo control. Pero, sinceramente, es agotador y un poco aburrido, ¿no? La verdadera magia ocurre cuando soltamos el imperativo del «haz» y el «llega» y lo sustituimos por un suave «¿y si nos regalamos un ratito de paz?».
Nuestra metamorfosis personal no ocurre cuando todo es perfecto, sino precisamente cuando aprendemos a brillar en mitad del lío. Tu calma es tu superpoder porque es lo único que nadie puede quitarte si tú decides que es tu centro. Es ese lugar donde la oruga acepta el encierro del capullo para, finalmente, entender que el aire siempre estuvo ahí, esperando a ser volado.
Venga, vamos a ello. Me pido mi ratito de calma hoy, con mi camiseta puesta y un café que no se me quede frío por una vez. Porque juntas, el viento pesa menos.
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