¿No os pasa que, a veces, nos despertamos sintiendo que nuestra cabeza es un nudo de hilos de colores imposibles de desenredar, un hermoso caos? Nos miramos al espejo y, entre las prisas por llegar a todo y la presión por ser esa «versión perfecta» de nosotras mismas, solo vemos el desorden. Nos castigamos por no tener el control, por dudar, por sentir que el mundo gira más rápido de lo que nuestras alas de libélula pueden aguantar.

Durante estos meses de silencio y creación en Librélula, hemos reflexionado mucho sobre esta tiranía del orden. Nos han enseñado que el caos es algo que hay que «arreglar», una mancha en el expediente de nuestra vida que debemos limpiar cuanto antes. Pero, ¿y si nos estamos equivocando de enemigo?
La sabiduría de nuestro desorden interno
Friedrich Nietzsche escribió una vez algo que se ha convertido en nuestro mantra: «Hay que tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella bailarina». Al principio, esta frase puede sonar a consuelo poético, pero si nos detenemos a sentirla, es una verdad guerrera.
El caos no es el vacío; es la abundancia de posibilidades. Es ese estado donde nada está todavía definido y, por tanto, todo puede ser creado. Hemos sentido ese miedo al vacío, a no saber quiénes somos si no tenemos una lista de tareas tachada al final del día. Pero es precisamente en ese «lío» donde nacen nuestras ideas más brillantes, nuestros abrazos más sinceros y nuestras decisiones más valientes. Sin el desorden de las nubes, no habría lluvia; y sin la lluvia, la tierra jamás sabría lo que es florecer.
Dejar de pelear para empezar a fluir
A menudo, el agotamiento que sentimos no viene del caos en sí, sino de la energía que gastamos intentando ocultarlo. Intentamos que nuestra orquesta interna suene siempre afinada cuando, en realidad, a veces lo que nos pide el cuerpo es un solo de batería salvaje o un silencio profundo.
¿Y si nos damos permiso para que nuestro brillo sea hoy un poco despeinado? Aceptar nuestro caos no significa rendirse al abandono, sino dejar de juzgarnos por ser humanas. En la naturaleza, la libélula no lucha contra el viento cuando sopla fuerte; lo usa para cambiar de dirección, para elevarse más alto, para bailar con la corriente. Nosotras podemos hacer lo mismo. Podemos mirar ese nudo que tenemos hoy en la cabeza y, en lugar de intentar deshacerlo a la fuerza, podemos observar qué colores tiene y qué nos está intentando contar.
Un amuleto para nuestra espalda
De esta necesidad de abrazar nuestras sombras nació uno de nuestros diseños más especiales: «Caos y Estrella». Queríamos que fuera algo que nos cuidara la retaguardia. A veces, nos cuesta ver nuestra propia luz porque estamos demasiado cerca del foco, pero los que caminan a nuestro lado pueden ver esa estrella bailando en nuestra espalda.
Llevar este mensaje en la piel no es solo cuestión de estética. Es una declaración de intenciones. Es nuestra forma de decirle al mundo (y a nosotras mismas) que aceptamos el nudo porque sabemos que es la cuna de nuestra chispa. No buscamos el orden perfecto, buscamos la paz de ser, simplemente, sin más.
¿Nos acompañamos en el baile?
Sabemos que no siempre es fácil. Habrá días en los que el caos parezca ganarnos la partida y la estrella parezca haberse apagado. Pero incluso en esos momentos, la semilla sigue ahí, esperando el momento justo para brotar.
¿Y si hoy empezamos por algo pequeño? ¿Y si nos miramos con un poquito menos de juicio y un poquito más de ternura? Podemos permitirnos ser las dos cosas: el lío y la chispa. La sombra y la estrella. Al fin y al cabo, las constelaciones más hermosas se dibujan siempre sobre el cielo más oscuro.
¿Qué «nudo» de vuestra cabeza hoy os está pidiendo un poquito más de amor y menos presión? Os leo aquí abajo, en nuestro rincón, para que entre todas los nudos pesen mucho menos.
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